CUENTOS

para dormir a los niños y despertar a los adultos (J. Bucay)

El grillo paseó, asustado, sobre esa superficie blanca. Debajo de sus patas extraños garabatos negros dibujaban hileras, líneas y formas que no comprendía. Sin embargo, algo dentro de él le decía que todos esos extraños dibujos, todas esas líneas negras sin sentido, tenían algún tipo de significado, que transmitían algún mensaje, que estaban destinados en cierta forma a gente como él. A gente que quería conocer, aprender, a gente que quería experimentar y vivir aquello que el mundo le ofrecía.

El grillo raspó sus patas sobre esa superficie blanca, extraña, manchada de forma aparentemente casual, con líneas negras sin ningún sentido. El grillo sabía que había un mensaje, un mensaje oculto en ese aparente sinsentido, en esa aparente casualidad, en esas aparentes líneas fortuitas que se dibujaban sin aparente sentido. El caminar del grillo sobre la superficie blanca no aportaba ninguna razón, ningún sentido coherente, a lo que vislumbraba y, sin embargo, él sabía que había un mensaje oculto detrás de esas líneas. Miró asombrado a su alrededor, buscando mensajes y señales que le pudiesen interpretar esas líneas negras, sin embargo, nada, nada entendía.

Estoy muy cerca, pensó. Estoy tan cerca de las líneas negras que no veo el conjunto y al no ver el conjunto lo desdibujo, lo veo sin perspectiva, sin coherencia, sin unidad y sin integridad. Lo veo desde tan cerca, tan implicado, que yo mismo me autoengaño, desdibujo su significado y me oculto el mensaje que pudiera tener.

Así pues, el grillo saltó. Saltó tan fuerte como sus patas pudieron impulsarle. Saltó tan lejos que pudo contemplar el libro abierto sobre la repisa, que pudo contemplar la página entera y la página anterior que marcaba el rumbo de esas líneas negras aparentemente casuales. El grillo no entendió el mensaje, pero entendió que esas líneas aparentemente casuales formaban una unidad, que esos dibujos tan extraños tenían un significado apto para aquellos que pudiesen desentrañarlo, apto para aquellos que hubiesen estudiado los principios y reglas correctas que permitían desentrañar esos dibujos. Comprendió también que esos dibujos no eran únicos, sino que en cierta forma repetían patrones, que en cierta forma se encontraban en todos y cada uno de los libros que ahora, desde arriba, podía vislumbrar.

Aferrado a un mueble podía ver no solo ese libro, sino otros libros, algunos abiertos y otros cerrados, que por toda la biblioteca estaban. Fue saltando de mueble en mueble contemplando el paisaje de infinitos libros que se abría ante sus ojos y supo de una forma intuitiva que todos y cada uno de esos libros contenían mensajes, que todos y cada uno de esos libros tenían un significado para aquel que pudiese desentrañarlo.

Siempre hay un mensaje, siempre hay un significado, pensó el grillo, es solo que no lo estoy viendo de la forma correcta, es solo que no sé distinguir los patrones, los principios, las reglas no escritas que desdibujarían esos patrones, convirtiéndolos en un mensaje adecuado para mí. Es sólo que no conozco, que no tengo, los instrumentos adecuados para entender esos mensajes, pensó el grillo. Sin embargo, esos mensajes existen, pensó también. Lo que estoy viendo no es un dibujo sin sentido, es simplemente que no entiendo el verdadero significado oculto detrás de esos patrones aparentemente casuales, que no entiendo el verdadero significado oculto detrás de aquello que me parece un acto fortuito.

Aquello que es un sinsentido para mí, a ojos del maestro adecuado contiene grandes mensajes. A ojos de aquel que sabe contiene verdaderas instrucciones acerca de la vida, acerca de los paisajes, de los valles y las montañas que los hombres recorren.

Es solo, pensó el grillo, es solo que yo no sé leerlo.

El mercader no era hombre, no era mujer. No era más que un boceto, una figura en la penumbra, una figura que se disolvía en una nube de proyectos.

El mercader todavía no estaba definido, era un camino que emprender, era una figura a la que adaptarse para aprender de la mejor manera posible aquellas realidades, aquellas experiencias, aquellas lecciones de sabiduría que una dimensión dual puede contener.

El mercader era un proyecto de un alma, el proyecto de cómo abarcar, cómo enfrentar, cómo caminar un camino. El proyecto de lo que podías llegar a ser, y el proyecto de lo que partías siendo. El proyecto de las promesas, de las vicisitudes del camino, de las experiencias, de enfrentarse a los miedos, de ayudarse en los aliados, y de encontrar de una manera natural, aquello que hay que encontrar a lo largo del camino.

El mercader era el alma, el alma que traza un camino, un camino trazado antes de la encarnación, antes de vestir un traje de carne y hueso, de sangre y músculo y un corazón que bombea.

El mercader era un futuro lleno de posibilidades, un futuro en el que pocas cosas estaban marcadas, pocas cosas estaban escritas sobre granito, muy pocas de hecho.

El mercader era sobre todo potencialidad, la potencialidad para recorrer un camino con el libre albedrío, basándose en nuestras propias decisiones, no en nada impuesto, nada impuesto por un dios tiránico, nada impuesto por las estrellas o las runas, ni por las cartas sagradas del tarot.

Sin imposiciones, en libertad, en sabiduría, el mercader era un proyecto. Un proyecto para emprender en carne y hueso, en sangre y músculo, en corazón que bombea. Pero también en sueños, moviéndonos en distintas realidades, en distintas dimensiones, que se vertebran y se integran en sólo una.

El mercader, el mercader era promesa del conocimiento, de aprender. De aprender sobre la lluvia en el rostro y sobre el sol en la espalda. De aprender sobre el dolor y el placer, sobre los besos y sobre el odio, sobre el amor y sobre la violencia.

Aprender, en definitiva, aquello que el alma necesita en un momento dado experimentar.

El mercader era simplemente un boceto, un proyecto de un camino trazado en un futuro, cuando en realidad el futuro, el tiempo en sí, no existe.

Contempló el cielo, otrora azul, ahora rojo, teñido del color del atardecer. Contempló ese mágico momento en que el sol y la luna, la tierra y el cielo se fusionan en uno sólo.  Contempló en las estrellas cuál era su futuro. Miró más allá de las estrellas y la luna, lo que el firmamento mismo quería enseñarle y vio sus manos, otrora vacías, ahora llenas de monedas.

Monedas de acero, monedas de oro. Monedas que introdujo en la tierra como semillas para que germinasen y diesen sus frutos. Contempló cómo sus frutos fueron hermosos árboles, cómo esos árboles expandieron sus raíces nutriéndose y cómo de esas raíces nació un tronco fuerte pero flexible, capaz de amoldarse al viento y a la fuerza que la luna y las mareas pudiesen influir sobre él.

Contempló cómo del tronco nacieron ramas que subían en busca de la sabiduría que daba el cielo y cómo esas ramas cubrían y protegían a todos aquellos que a ellos se acercaban y contempló cómo de esas ramas nacieron frutos. Contempló cómo esos frutos eran de acero y oro, del acero del coraje y el oro de la sabiduría, que son las monedas que el universo acepta, las monedas en las que retribuimos nuestro camino, el peaje de toda evolución, el peaje que nuestro camino exige. Porque el amor como lenguaje universal, no es una moneda de cambio, es algo que se entrega de una forma generosa, sin exigir, sin pedir nada, ninguna retribución.

 Sin embargo, el acero, el oro, es una retribución justa para la evolución que nuestro camino, exige para la evolución que nuestro camino nos premia.

Existía al sur de Copenhague, una pequeña zapatería, donde un maestro artesano insistía en luchar contra el frío y la pobreza, contra el hambre y la miseria, curtiendo, rematando, arreglando, los zapatos del barrio que los clientes le traían. Tenía ese maestro artesano un pequeño aprendiz, un niño de mirada traviesa y ojos vivos, manos inquietas y rápidas y firme voluntad, un niño curioso cuyo mayor sueño era viajar por el mundo y descubrir los múltiples secretos y maravillosos tesoros que el mundo estaba dispuesto a entregarle.

Había cerca de esa zapatería, una opulenta mansión donde un famoso compositor y una bella bailarina criaban a sus múltiples hijos, donde la riqueza y la opulencia y la comida y la bebida abundaban, donde una niña de cabellos rubios y ojos azules mirada tranquila y lánguida sonrisa, cómo la sociedad imponía, ensayaba hora tras hora para seguir los pasos de su madre y ser ella también una gran bailarina, que era el sueño que su madre tenía. La niña ensayaba y ensayaba y en cada hora, en cada paso, aspiraba a ganarse el cariño y afecto de sus padres y a conseguir algún día que el camino del baile fuese su propio camino.

Mientras tanto el niño cosía y remendaba, y arreglaba todo tipo de calzado, zapatos y botines, botas de caña alta, botas de montar y extraños zapatos de punta estrecha y tacón ancho que venían de otras partes de Europa y que traían los clientes más viajeros, afortunados hombres y mujeres que podían viajar más allá de las fronteras de su tierra natal.

Pronto la desdicha llegó a la casa de la bailarina y el compositor. La desdicha ciega que no diferencia entre el hombre rico y el pobre, entre el hombre sano y el enfermo, que a veces golpea dos veces en la misma casa y muerde la carne hasta llegar a las costillas. La desdicha entró, y entró en forma de enfermedad al principio. Junto con la enfermedad vino la pobreza y vino también la muerte y la primera que se fue, fue la madre. Una madre bailarina que dejó pronto de ser madre y de ser bailarina. Y junto con la muerte vino la tristeza infinita, vino la opresión y el silencio y las risas se apagaron en esa casa.

Junto a la entrada de la pobreza, llegó la salida de los muebles, los enseres, los objetos de valor. Todo fue vendido. Y un día junto con otras múltiples cosas, las zapatillas preferidas de la niña bailarina se vendieron. Unas zapatillas de fieltro rojo y punta reforzada, suela fuerte, curtidas por el baile. Unas zapatillas que simbolizaban todo aquello que esa niña deseaba haber sido. Y esas zapatillas se vendieron en la zapatería de un modesto maestro artesano que tenía un niño aprendiz, un niño que en silencio había contemplado más de una vez a una niña rubia de ojos azules y mirada tranquila y sonrisa lánguida, que caminaba por la calle una y otra vez.

Ese niño que pasaba las noches curtiendo y remendando todo tipo de calzado a cambio de comida y techo y alguna pequeña moneda de cobre que con esmero guardaba, pues le permitiría salir al mundo, a ese mundo que tanto anhelaba y deseaba conocer, ese mundo que tantos secretos le revelaría. Y el niño contempló las zapatillas y supo en el instante que las vio, que algún día esas zapatillas serían suyas, y él con una sonrisa tímida se las regalaría a esa niña de mirada de ojos azules y ella agradecida le sonreiría, incluso le besaría en la mejilla y allí nacería una historia de amor, bonita, tierna que daría un nuevo sentido a su vida.

Y así poco a poco el niño echaba cada vez más horas, más puntadas, más zapatos. Y en cada minuto se esclavizaba más a su destino. A un destino que no tenía por qué haber sido suyo, pero él lo había convertido en propio. Y en cada puntada, en cada remiendo iba convirtiéndose en zapatero cuando él lo que quería era haber sido viajero.

Nunca llegué a saber si el niño llegó a adquirir esas zapatillas.

Nunca llegué a saber si la niña las recibió.

Imagino que nunca llegué a saber todo esto porque nada importa. Lo único que importa es que a veces el ego nos tiende trampas, a veces las falsas promesas, las tiernas miradas, los besos, los miedos y los temores nos alejan de lo que somos, de lo que estamos llamados a ser. A veces nuestros trabajos, nuestros amigos, nuestros amantes, nuestras parejas, nuestras familias, nos alejan del camino que hubiésemos podido recorrer y que estaba llamado a ser recorrido. A veces nuestros egos nos ponen vendas en los ojos para que olvidemos el destino que queremos cumplir y nos esclavicemos a nosotros mismos en caminos que no son nuestros. A veces las vanas ilusiones y los falsos deseos nos conducen a caminos vacíos que no teníamos por qué haber recorrido.

Eso es lo que aprendí siendo relojero en Copenhague.

Que del reloj vemos dos agujas y pensamos que eso es todo, cuando en realidad la otra cara de la moneda, la otra cara del reloj, es nuestra auténtica naturaleza y el engranaje que determina el origen y el final, la posición exacta de las agujas, el recorrido que hacen, su movimiento milimétricamente estudiado y el compás al que se mueven. A veces lo que en un principio nos llama la atención, es lo más superficial y nos aleja de nuestro verdadero camino. A veces el ego nos vende espejismos que nos alejan de nuestro verdadero camino.

Miró desde la atalaya de su castillo y vio los puestos de los mercaderes y la ciudad que se extendía a sus pies. Miró su hogar y vio sus caballerizas imponentes. Vio el patio de armas donde sus siervos fieles y leales, esperaban sus órdenes. Miró a su alrededor y vio a sus cuatro hijos. Dos hijos y dos hijas que eran el orgullo de su linaje. Vio a su mujer cada vez más hermosa, cada vez más sabia, cada vez más dispuesta a acompañarle en su camino. Y se vio a sí mismo.

El pelo rubio se derramaba sobre sus hombros. Sus ojos azules exploraban el infinito. Sus labios carmesí se delineaban con perfección. Y supo que era bueno. Y supo que no había mayor placer para él que ofrecer su hogar, sus viandas, sus ropajes y su sabiduría a los caminantes que se acercaban a su hogar.

Y así fue cómo entró la enfermedad, la desgracia y la muerte a su hogar. Fue una llamada suave, ligera, casi silenciosa, a la puerta y él abrió y le tendió la mano, y así entró la muerte en su casa.

La muerte comió sus viandas, cantó sus canciones y vistió sus ropajes. El segundo día su hijo más pequeño, el heredero de su linaje falleció. El cuarto día falleció el primogénito, el que encabezaría la sucesión. El sexto día las dos gemelas, verdaderas joyas de su linaje, fallecieron. El octavo día el hombre miró en derredor y sólo vio destrucción, muerte, miseria en su hogar. Sus caballerizas estaban vacías. Los pocos siervos que habían sobrevivido habían abandonado su hogar. Su mujer, que le sujetaba la mano ya sin firmeza, tenía los ojos vacíos, secos de tantas lágrimas derramadas. Tenía los oídos sordos pues sus propios llantos la habían ensordecido, Tenía la voz quebrada pues ya no podía expresar más dolor. Pronto la mujer también falleció.

El hombre la llevó hasta el río y en la orilla organizó su pira funeraria. Allí la quemó. El viento arrastró sus cenizas en busca de un lugar fértil y próspero para volver a la vida. Sin embargo, eso no alivio el dolor del hombre. El hombre se introdujo en el río. Sintió el frío de la corriente, pero tampoco encontró alivio en ella. Una de sus manos entró en el agua y entonces notó como otra mano asía la suya. Miró y vio en el agua su propio reflejo, pero en perfección. Se vio más hermoso, se vio más sabio y su propia imagen salió del agua, y comprendió que era un ángel.

El ángel miró en sus ojos y el hombre miró a los ojos del ángel y comprendió que era un reflejo lo que veía. Y el ángel habló. Habló de su principio, de cómo el Creador y la Madre Creadora derramaron su esencia en él, que cómo eran en él y él era en ellos. Comprendió cómo decidió experimentar el frío, la lluvia en el pelo, el sol en el rostro. Comprendió cómo decidió emprender su camino. Comprendió cómo decidió experimentar el amor del hombre hacia la mujer y el odio del hombre hacia el hombre.

Decidió experimentar también la bendición de ser padre y el dolor de la pérdida infinita. Decidió experimentar lo que era dar cada paso. Decidió experimentar lo que era sembrar y cosechar, lo que era obtener y lo que era la pérdida. Decidió experimentar lo que es ser caminante, lo que es ser camino. Decidió experimentar lo que es ser Uno.

Y comprendió. Comprendió que todo es mentira, que nuestro camino es nuestra creación y nosotros mismos al mismo tiempo, que todo lo que nos rodea no es más que una creación nuestra, que somos nosotros los que decidimos las vivencias que tenemos en el camino, y que no son buenas ni malas pues son sólo eso, vivencias. Comprendió que en nuestro camino encontramos luces y sombras, pero ambas forman parte de nosotros. Comprendió que no tenemos prójimos ni hermanos pues somos Uno.

Comprendió que en la Unidad radica la verdadera diversidad al mismo tiempo pues Dios conoce el nombre de todos y cada uno de sus hijos. Comprendió que su camino no tiene principio ni fin. Comprendió que todo es mentira, pues todo es perecedero salvo el propio camino. Y el ángel se convirtió en agua y volvió al agua, y la corriente le arrastró, y el hombre comprendió que no le importaba.

El hombre comprendió que llega un momento en que transcendemos, en que realmente el desapego se hace nuestro y vemos que no hay ni ángeles ni demonios sino hermanos, y que no hay hermanos sino Unidad, y que todo aquello que nos acerca a nuestro camino sea cual sea su naturaleza es positivo, es adecuado y que todo aquello que nos aleja del camino es negativo, pero al mismo tiempo también está en él y no podemos repudiarlo pues nosotros mismos lo hemos puesto en el camino.

Y aceptó que esa es la naturaleza del camino, y no le importó pues también había transcendido los temores y los deseos.

Salió del agua y se sentó en la orilla, y observó que, en la pira funeraria de su mujer, tres flores había. Tres flores de lis, una roja, una azul y una amarilla, y contempló que su propia semilla daría esas tres mismas flores, pues su mujer y él eran Uno.

Algunas almas son nieve, pues en su nívea pureza nos resguardan del ardiente fuego, y eso está bien.

Algunas almas son fuego, pues en su calor encontramos protección y resguardo del frio invierno, y eso está bien.

Algunas almas son negro carbón que alimentan el poderoso fuego, y eso está bien.

Algunas almas son espadas, pues rasgan el velo que separa aquello que nosotros consideramos dos realidades, y eso está bien.

Algunas almas son azadas, pues siembran el campo para que la cosecha germine, y eso está bien.

Otras almas son sol que iluminan el camino de aquellos que le rodean guiándolos, y eso está bien.

Algunas almas son pescadores que atrapan en sus redes aquellos que necesitan protección, cuidado y resguardo, y eso está bien.

Otras almas son vagabundos, errantes, sin hogar, sin destino ni procedencia, y eso está bien.

Algunas almas son hogar y en su entorno protegen y acogen aquellos que buscan refugio, y eso está bien.

Todos y cada uno de nosotros, todos y cada uno de los que hoy caminamos envueltos en carne y hueso, en sangre y músculo, en un corazón que bombea, somos todo eso: Somos distintas facetas de un diamante, distintas caras de una misma realidad, distintas dimensiones de un mismo núcleo, distintas historias para ser contadas en distintos momentos, para ser compartidas como alimento de sabiduría con aquellos que en un momento dado, cuando el tiempo y el espacio no existe, se reúnan con nosotros, y eso está bien, pues al fin y al cabo todo aquello que procede del Verbo Divino está bien.

Él inhaló y exhaló su voluntad, su esencia, su naturaleza y su semilla en todos y cada uno de nosotros, y eso está bien. Pues somos en Él y Él es en nosotros… Y eso está bien.

Y así ha sido y así será hasta el fin de aquello que llamamos tiempo, aquello que en realidad no existe y que nosotros mismos urdimos, construimos y tejimos para cegarnos, pero también, también, eso está bien.

Empuñó su espada. Esa espada larga, afilada, empañada en el rojo de la avaricia y el poder, que tantas veces había empuñado. La miró, contempló absorto cada muesca, cada golpe que la había mellado y vio reflejado el honor de su familia, sus promesas y juramentos de lealtad a su señor, su fe, sus errores y sus aciertos y vio la empuñadura y vio en ella su infancia, su niñez, su pubertad.

Vio cada mujer y cada hombre que en su camino se habían cruzado. Vio cómo en cada golpe, en cada estocada, el daño que había infringido le había enseñado a él, pero también había enseñado a su víctima. Vio cómo a estas horas, a estas alturas de su camino, en realidad no había víctimas y verdugos. Ni siquiera había maestros y alumnos, sólo había compañeros de camino que mutuamente se enseñaban a través del amor o a través de la violencia.

Verdades, secretos y a veces, por qué no decirlo, mentiras del ego, de cómo las luces y las sombras bailaban un baile eterno de sabiduría e ignorancia. Cómo la ocultación, la verdad y la mentira y la sabiduría bailaban eternamente una danza que desde fuera parecía sin sentido pero que estaba perfectamente regulada por un mecanismo, mecanismo que no nos era posible comprender, no a estas alturas del camino.

Vio cómo su espada ahora se quebraba y cómo el viento se llevaba los trozos de acero lejos de él. Contempló cómo el universo volvía a girar y cómo su otrora yo se transformaba. Vio cómo su semilla germinaba de nuevo, de nuevo daba fruto, de nuevo crecía, de nuevo maduraba y de nuevo se disponía para ser cosechada, y vio cómo el universo giraba una y otra vez sobre sí mismo y vio cómo él volvía a transformarse.

Vio cómo al final sólo somos ciclos, ciclos que son renovados unos y relevados otros, en busca de nuevos egos, de nuevos yoes, de nuevas lecciones y vio cómo sólo la semilla es eterna, esa semilla que une nuestras distintas vidas, que une nuestros distintos pasados, presentes y futuros, aquello que ha sido, que son y que serán. Vio su reflejo en la corriente que da continuidad a aquello que somos, aquello que realmente somos.

Vio cómo la mano que antes sujetaba una espada, ahora sujetaba una rosa, y vio cómo esa rosa se marchitaba y cómo los pétalos caían, y vio cómo otra rosa la sustituía de nuevo, y vio cómo su ciclo era eterno, era infinito y a la vez finito, pero hay cosas que no empiezan ni terminan pues son eternas.

Ella se desnudó. Junto a su blusa cayó el amor que profesaba a su marido y a sus hijos. Cayó la ternura con los que la abrazaban, los besos de amante, las sonrisas a media noche. Cayó el trabajo, el esfuerzo, el sacrificio dedicado a su familia. Con su falda cayeron los miedos, los anhelos, los temores, todo lo que constituye su niñez. Cayó su adolescencia, en busca de un trabajo, de un marido, de una familia. Cayeron sus sueños, cayeron sus temores, cayó todo.

Se introdujo en el río y el agua borró sus recuerdos. Se llevó las caricias de sus hijos, los besos de su madre, las lágrimas de su padre. Todo se lo llevó el agua. Vio en la ribera sombras difuminadas por la niebla y reconoció a su familia, a sus amigos, a sus amantes, a sus enemigos y vio cómo la niebla los fundía y difuminaba y supo que no les volvería a ver, no en esa forma, pero también supo que, en sus ojos, siempre encontraría una ventana a aquello que eran realmente, a aquello que han sido, que son y que serán.

Vio su reflejo en la corriente y vio cómo el reflejo se distorsionaba. Vio cómo el agua que se llevaba todo también la cambiaba a ella. Vio cómo sus manos suaves, largas, gráciles, femeninas, se convertían en unas toscas manos de un leñador. Vio cómo sus brazos antes suaves, ahora se convertían en musculados, cubiertos de un vello oscuro, casi negro. Vio cómo su cara se poblaba de una densa barba. Vio cómo antes suave, rubio pelo se transformaba en un pelo negro y osco. Vio cómo su cuerpo cambiaba, como su voz adquiría otra modulación y vio cómo todo, su propia identidad, su propio yo, se fundía con el agua para alejarse.

Miró de nuevo la ribera y vio cómo de la niebla emergían otras formas. Formas de hombres y mujeres que no reconocía, pero vio que el brillo de sus ojos era el mismo. Vio en ella antiguos amantes, antiguos amigos, antiguas familias, antiguos enemigos. A todos aquellos que un día caminaron junto a ella y vio que caminarían de nuevo a su lado bajo otras formas, con otros nombres, con otros sueños, con otras metas, pero siempre siendo ellos.

Miró sus anteriormente delicadas manos, convertidas ahora en poderosas y musculadas y vio el sol que todo transmuta, el gran alquimista que todo lo cambia, que permite que la nueva vida se abra paso y decidió que una nueva vida debía esperarla  y que estaba dispuesta a emprender ese nuevo camino y emergió de las aguas y olvidó quién fue, quién había sido en otros momentos y dio gracias al creador por permitirle partir de cero, por ser de nuevo un niño dispuesto a aprender y se encaminó, se encaminó hacia la sombra de la niebla y su rostro se difuminó con el de los otros rostros que la esperaban dispuestos a emprender con ella, con él,  un nuevo camino.

¿Cómo te presentas ante mí? Preguntó Él.

Desnuda mi señor. Ningún lino ni seda engalanan mi cuerpo. Ninguna labranza en oro y plata disimulan mis imperfecciones. Nada me adorna, nada oculto. Sólo carne y hueso, sangre y músculo, y un corazón que bombea.

Mentira, respondió Él, sólo mentira ante mí veo. Te di un vestido de luz pura. Sobre el labré hermosas palabras de sabiduría en oro puro, siete gemas finamente labradas, adornaban tu cuerpo. Siete gemas. Cada una de ellas colocadas con sumo esmero. Sobre tu frente, una palabra en acero, “coraje”, escribí. En tus manos semillas de compasión, amor y solidaridad planté. En tus pies experiencia, camino. Eso, esas dos palabras tejí, y ahora, ahora te hallas ante mí envuelta en podredumbre, envuelta en miseria… ¿Y me dices, que nada ocultas?

Todo ocultas, todo disimulas, todo engalanas, pues ves en el artificio, en la mentira, lo que consideras la realidad. Intentas tapar aquello que eres, disimulando con vanas palabras, con ciegos sentimientos y nada de ello, nada de ello es real. Así pues, de todo ello te despojo. Todo ello lo perderás en el hogar al que llamarás tumba.

Nada de ello quedará. Sólo su vago recuerdo y te encontrarás de nuevo ante mí, verdaderamente desnuda en tu verdadera esencia y naturaleza, con las siete joyas adornándote, con las palabras de sabiduría escritas en tu piel, con la palabra de coraje tallada en fino acero, con el amor, la compasión y la solidaridad, germinando en tus manos, con la experiencia y el camino tejidos en tus pies.

Entonces, sólo entonces, estarás verdaderamente desnuda ante mí y entonces, sólo entonces, yo te vestiré de nuevo.

Le volví a encontrar en el camino. Mi fiel amigo, mi leal maestro: El miedo. Como tantas otras veces en el pasado, en el presente, en el futuro. A su lado caminaba su hermana y su madre amantísima: la ignorancia, orgullosa, prepotente, segura de sí misma, sin dudas… Ciega. Detrás, su amo, su creador, su padre: el ego.

Los tres sonrieron y mis piernas flaquearon.

Miré al suelo desesperanzado y lágrimas rodaron de mis ojos y en el suelo esas lágrimas hicieron germinar semillas, y de esas semillas nacieron flores, y una fue la fe y la otra, su hermana pequeña la esperanza. Y miré mi mano diestra, antes vacía, y ahora empuñaba una espada de acero: el valor, el coraje. Y miré mi mano izquierda antes yerma, hueca, vacía… Y ahora estaba llena de la más hermosa de todas las monedas: la compasión.

Y oí por encima mío, el aleteo del águila, su grito, y vi su esplendor y su hermosura: la sabiduría. Y vi cómo sus ojos penetraban en el horizonte y vi cómo ella conocía los caminos, las encrucijadas y las decisiones que debían ser tomadas y miré más arriba aún y vi el sol, el amor derramándose sobre mí, volviendo mi espada de acero en oro, templando mi piel helada por el miedo, penetrando en la bruma y la oscuridad que el miedo y la ignorancia tejían a mi alrededor, calentando mi corazón, haciendo germinar, crecer cada vez más fuerte, la esperanza, la fe… Y las monedas de la compasión fueron aún más valiosas y mis ojos escudriñaron el horizonte y sonreí.

El miedo, la ignorancia, el ego, se apartaron de mi camino y mis pies lo recorrieron de nuevo. Atrás quedaron, siempre atentos, siempre esperando, siempre dispuestos a enseñarme otra lección, siempre dispuestos a encontrarles en un recodo del camino cuando menos lo espero, cuando más los necesito, para que todas y cada una de las lecciones de mi camino, sean aprendidas en el momento que deban ser aprendidas, para que  todas y cada una de las lecciones de mi camino, sean aprendidas, superadas y olvidadas, para emprender de nuevo el mismo camino una y otra vez, hasta que el camino y yo, nos fundamos de nuevo y seamos uno y el ciclo se repita una y otra vez hasta mi vuelta al origen.

¿Sabes por qué la flor de loto es la flor más sabia?

Porque mantiene la calma cuando todo lo que la rodea se agita, porque mantiene la calma cuando las ondas se agitan a su alrededor. Porque se mantiene en su centro, porque se escucha, porque es fiel a sí misma, porque no permite que lo que la rodee la descentre y la haga olvidar lo que es. Por eso, porque la flor de loto medita, porque se escucha, porque acude a su fuente de sabiduría interna, porque es capaz de mantenerse firme y fiel a sí misma cuando todo a su alrededor se agita.

Por eso, es la flor más sabia. Porque no se preocupa por lo que le rodea; porque olvida, en cierta forma, que vive en un mundo; porque sólo se fija en ella; porque sólo a ella se observa y sólo de ella aprende y olvida por un momento todas las mentiras del mundo que la rodea.

Por eso, es la flor más sabia. Porque es capaz de permanecer impasible cuando su alrededor se agita; porque encuentra la paz en la tormenta y porque encuentra la paz en la alegría; porque nada la desvía de aquel que es su camino, de aquel que es en definitiva su esencia y naturaleza, su propia semilla.

Por eso, es la flor más sabia. Porque no permite que el paso del tiempo la haga cambiar, porque no permite que aquello que la rodee la aleje de su propio camino.

Por eso, es la flor más sabia.