LIBROS

«Los cuentos de la Luna»

Es un recopilatorio de cuentos con inspiración taoista, que con sus distintas temáticas nos facilita una mayor comprensión de nuestras circunstancias.

El autor encuentra en el lenguaje sencillo y en las ideas poderosas las herramientas facilitadoras de un mejor entendimiento de las claves de una vida vivida con sabiduría, esperanza y amor. 

Nº de páginas: 188.

Encuadernación: tapa blanda.

Editorial: Ediciones El Corazón del viento.

Lengua: castellano.

ISBN: 9788494998201

Puedes echar un vistazo al libro leyendo uno de sus capítulos:

El Lobo.

El lobo era negro, tan negro como la negra noche sin Luna en la que fue concebido.
De una piel dura, áspera, que hablaba de mil y una
batallas, de mil y una cacerías, de enfrentamientos y
conflictos, y de carreras a través de oscuros bosques.
Sus colmillos hablaban de mil y una cacerías, de mil y una
presas, de la sangre borbotando, de la sangre que recorría
su paladar. Sus ojos oscuros también hablaban de
crueldad, de infringir dolor y de recibirlo, de una vida llena
de sobresaltos y cacerías, de enfrentamientos y
sufrimientos…
Y su alma…
Su alma hablaba de Amor.
De un amor, de una luz, de una sabiduría que ningún
hombre y ninguna bestia podrían llegar a entender jamás.
Hablaba de un alma que, desde el amor, en libertad y
respeto, forjaba pactos de alma: caminos compartidos con
otras almas para aprender.
Almas que a veces encarnaban en presas y otras veces en
rivales. Almas que construían juntos un mundo de dualidad,
de materialidad y espiritualidad, para aprender.
Almas que dotaban de plumas a las águilas para que
volasen, que llenaban de agua los mares para que los
peces pudiesen surcarlos y aprender en ellos. Almas que
llenaban de montañas y valles todo aquello que nuestra vista puede alcanzar para que nuestros caminos sean
dispares en apariencia, aunque iguales en contenido.
Almas. Almas que, desde el amor, en libertad y respeto,
mutuamente se enseñan, mutuamente aprenden,
mutuamente se ayudan, recorriendo un camino
inexplicable, incomprensible para poetas, filósofos o sabios.
Un camino que ningún hombre ni ninguna bestia podrá
alcanzar a comprender jamás. Un camino que ninguna
palabra podrá encerrar, delimitar o definir. Un camino
trazado, diseñado, forjado y recorrido por nuestro
verdadero ser, por lo que verdaderamente somos, no por el
lobo ni el águila, no por el santo ni el pecador, no por el
verdugo ni la víctima que todos somos y hemos sido.
Recorrido en unidad e integridad por nuestra verdadera
naturaleza, nuestro verdadero ser. Un ser que enmascara
su rostro eterno con máscaras de temporalidad, de
limitación, de fragmentación y división, para experimentar,
para aprender.
Experimentar en distintos caminos que tienen continuidad
unos en otros, pues, después de todo, nuestra verdadera
naturaleza es la eternidad.
Máscaras que nos arrebatamos para arrojarlas a un lado y
que así nuestro rostro vuelva a lucir puro, y así aquello que
llamáis muerte no es más, no es más, que un sueño que
nos conduce a un nuevo alba, a un nuevo despertar, a un
nuevo amanecer, en el que luciremos otra máscara, en el
que nuestro rostro puro, nuestro rostro eterno, se cubrirá
con otra máscara, con otra encarnación, con otro ego, con
otra apariencia física para seguir aprendiendo; para comprender, vivir y experimentar la dualidad; para
comprender, vivir y experimentar la fragmentación, la
limitación: “No sé”, “No puedo”, …
Y así, un alma construida en amor, desarrollada en luz,
vivida en sabiduría se encarna, se encierra en un cuerpo,
en un lobo hostil, en un águila majestuosa, en un hombre
sabio, en una mujer que construye con sus propias manos
aquello con lo que alimentará a sus hijos…
Y todos al final recorreremos el mismo camino, un camino
de dualidad, de luz y de sombras, un camino en el que
seremos víctimas y verdugos, santos y pecadores.
Y ninguno de nosotros, ninguno de nosotros, seres
encarnados, sin excepción, dejará de probar distintos
sabores, dejará de probar, de degustar, de saborear, en su
paladar los distintos sabores que esta realidad dual permite
disfrutar.
Para aprender.
Para que nuestro camino sea en cierta forma más rico.
Para que nuestro camino sea en cierta forma más sabio.
Para que nuestro camino sea en cierta forma más
completo.
Para ser. Simplemente para ser.

«Las raíces del alma. Una historia de amor y evolución»

Este libro canalizado por Alberto López Fernández, narra distintas encarnaciones de un alma, explicando en ellas profundos conceptos espirituales de una manera sencilla y amena.

El prólogo de éste libro ha sido realizado por el prestigioso autor Emilio Carrillo: 

“Por medio de una intensa y extensa serie de canalizaciones Alberto López Fernández nos ofrece en este libro un camino interior hacia las raíces del alma…”

Nº de páginas: 160. Encuadernación: tapa blanda. Editorial: Reikiavik ediciones, Lengua: castellano. ISBN: 9788494446306

Puedes echar un vistazo al libro leyendo uno de sus capítulos:

Soy una bruja.

Antes o después, todas las almas necesitan que el ego trascienda, en cierta forma, sus propios límites; que sea capaz de percibir aquello que sus sentidos físicos le informan. Necesitan que sea capaz de entender, aunque sea en una pequeñísima fracción, par­te de la realidad que trasciende aquello que sus sentidos físicos detectan, aquello que sus sentidos físicos comprenden y asimi­lan. En ese sentido, antes o después, todas las almas llegamos a este punto, todas las almas necesitamos que el ego sea capaz de entender, aunque sea de una forma mínima, que la realidad va mucho más allá de lo que él, desde un punto de vista físico, es ca­paz de comprender y asimilar; y qué mejor camino para enseñar eso al ego, qué mejor camino para demostrarle que la realidad va mucho más allá de lo que sus sentidos físicos comprenden, que encarnar en una bruja, que encarnar en una mujer empoderada, que encarnar en una mujer vinculada no solo al género femenino, sino al auténtico principio femenino de aceptación. Al principio femenino de aceptación como capacidad de fluir con el universo. Al principio femenino de aceptación como capacidad de adap­tarse, de fluir e incluso de dirigir la energía y la vibración que el universo envía. Opuesto al principio masculino de resistencia y oposición, está este principio femenino. Principios complemen­tarios, a la vez que opuestos. Principios que se complementan, yin y yang, en un eterno baile.

La bruja, como mujer empoderada, como reflejo de los ciclos de la Tierra, como reflejo de los ciclos de la Luna; y a su vez, la na­turaleza como reflejo de la propia mujer unida en sus ciclos a los ciclos naturales. Esa unión inquebrantable entre la naturaleza, la Tierra y la mujer; entre la Luna y la mujer; es comprendida mejor que nadie por la figura de la bruja, por aquella mujer que trasciende la realidad física y que percibe aquello que nuestros sentidos físicos no son capaces de comprender: la existencia de elementales, seres vinculados a la naturaleza en sus distintos ele­mentos; la existencia de aquello que algunos llaman espíritus, es decir, almas revestidas de ego vinculados todavía a la que fue su existencia física; la existencia de aquellas vibraciones, de aque­llas energías que podríamos llamar ángeles y aquellas otras, que podríamos llamar demonios. 

La bruja, no como figura descalificada, una y otra vez, por un mundo de hombres, por una sociedad predominantemente mas­culina, sino la bruja como lo que era realmente; como una mujer conectada a la naturaleza; como una mujer amante de la natu­raleza; como una mujer vinculada a la antigua y trascendente sabiduría que la naturaleza nos enseña en el día a día; como una mujer vinculada a su propia capacidad, a su propio poder, a su propia naturaleza; como una mujer que recurre a la sabiduría trascendente como forma de compensación de lo que el mundo, creado por los hombres en cierta forma, la está obligando a olvi­dar: su propio poder, su propio papel.

La mujer unida, una y otra vez, a sus propios ritmos como reflejo de los ritmos naturales, como reflejo de los ritmos de creación que la propia Tierra y la Luna tienen en sí mismos. La mujer, en definitiva, como verdadera sacerdotisa de la naturaleza, no solo de la naturale­za externa, sino de su propia naturaleza.

Eso era yo. Vinculada, en mi caso, al papel de comadrona, al papel de curandera, al papel de partera, de aquella que, en un momento dado, curaba las enfermedades creadas, en muchas ocasiones, por la incoherencia entre los sentimientos y lo que se expresa; entre lo que pensamos, sentimos, vivimos y lo que expresamos; entre lo que deseamos y lo que vivimos. Curandera de esa incoherencia median­te antiguos remedios vinculados siempre a la naturaleza y al cono­cimiento de uno mismo. 

Fue una vida de dolor en muchos aspectos, de persecución, pero también de amor infinito, de amor hacia mis semejantes, de amor hacia aquellos que, en un momento dado, recurrían a la verdade­ra sabiduría y al verdadero conocimiento como cura de sus males. No aquellos otros que gobernados por el miedo, la oscuridad y las tinieblas que se cernían en ese momento sobre el mundo, nos consi­deraban, más bien hijas de la oscuridad que portadoras de luz, que es lo que realmente éramos. Aquella que lleva el amor, aquella que se vincula a sí misma, aquella, en definitiva, que conoce los antiguos secretos de la naturaleza concedidos para poder sanarnos de forma natural, de forma correspondiente a aquello que somos, en cuerpo, en mente y en espíritu; aquella que conoce estos secretos no es más que una servidora de la Luz.

Sirvan mis palabras de homenaje a todas ellas. De recuerdo y de alabanza hacia las mujeres que fueron capaces de contrarrestar la oscuridad que se cernía sobre el mundo, hacia aquellas portadoras de luz, de verdaderas antorchas de calor y luminosidad en un mun­do dominado por las frías tinieblas.

Sirvan mis palabras de homenaje a ellas.

REVISTAS

Cuento Canalizado «Sol y Luna». 30/4/2018

Sol y Luna.

Desde aquí puedo verlo todo, dijo ella.

Así es, dijo él. Desde aquí todo lo veremos, desde aquí todo controlaremos, desde aquí les guiaremos, desde aquí les ayudaremos, y a veces, sólo a veces, entorpeceremos sus pasos; por eso, en ocasiones, nos adorarán; por eso, en ocasiones, nos tomarán como referencia en sus caminos; por eso, en ocasiones, nos considerarán dioses, astros y sabios superiores a ellos. Y a veces, en ocasiones, nos pedirán deseos y nos contarán secretos, y suplicarán que les ayudemos, y nos rogaran e invocarán; y por eso tú y yo, luna y sol, seremos a veces verdaderos dioses, dioses que regirán sus destinos, dioses a los que adorarán y sacrificarán todo aquello que posean con tal de alcanzar sus sueños, dijo él.

Me gusta ser diosa, dijo ella. Me gusta que me admiren y que me alaben. Me gusta jugar con los ciclos de su naturaleza. Me gusta vincularme al mar. Me gusta traer frescor en la noche y guía en la oscuridad, continuó ella.

A mí me gusta el poder, dijo él. Me gusta el oro y la prosperidad, y la autoridad que se impone sobre aquellos que la rechazan. Me gusta saber que nada puede frenarme. Me gusta saber que yo puedo abrasar cualquier campo, cualquier cultivo, que ellos creen. Me gusta saber que puedo echar abajo sus planes, cambiar sus destinos, modificar los pasos que recorren sus caminos.

Yo quiero acariciarles en la noche, dijo ella .Quiero cuidar de sus sueños para que sean dulces, pero también, a veces, como mi naturaleza es veleidosa, voluble, caprichosa, les infundiré terror, les hablaré de cuentos de miedo, y al mismo tiempo les susurraré palabras de amor en el oído; seré lo que ellos llaman intuición, dijo ella, y les hablaré de los caminos ocultos del corazón, y de cómo la verdadera comprensión de lo que somos se ancla en aquello que no comprendemos, terminó ella.

Yo seré más lógico, más racional, seré aquello que comprenden, o aquello que creen que pueden comprender mediante la lógica, mediante el dictado de la razón, aquello que pueden dominar o que les domina, aquello que pueden llegar a entender, dijo él. Después de todo el sol todo lo ilumina, después de todo el sol todo hace que quede a la luz y por lo tanto que sea comprendido, comunicado y compartido entre todos, sin secretos.

Los secretos, dijo ella, serán para mí entonces. Serán mis secretos los que queden en susurros, los que se compartan en la oscuridad, los que se multipliquen entre búhos y lobos vinculados a la luz de la hoguera que aleja el frío de la noche, que da calor, certeza y seguridad cuando todo es oscuro, que reconforta, que se vuelve hogar en el frío y la oscuridad de la noche.

Yo seré luz, pero la luz también que en determinados momentos puede aplastar, la luz también que determinados momentos puede ser sofocante y dolorosa, la luz que en demasía puede llegar a romper el equilibrio, la luz que en demasía puede ser mortal, la luz que en demasía puede ocasionar la ruina de tus cosechas, la luz y el calor que, en demasía, puede llevar la ruina a tu hogar, dijo él.

¿Crees, dijo ella, que comprenderán que todo se basa en el equilibrio? ¿Crees, dijo ella, que sean capaces de comprender que la luz y la oscuridad no son malas en sí mismas en este mundo dual, si no que es el equilibrio el que debe mantenerse, que nada es bueno ni malo, sino simplemente el desequilibrio lo altera; que algunos secretos deben susurrarse en la noche para que sólo aquellos que son elegidos lo sepan; que otras verdades deben contarse a la luz del día para que todos puedan disfrutar de su alimento? ¿Crees, dijo ella, que lo sabrán entender?

No, dijo él; su naturaleza muchas veces les lleva a vincularse sólo a un lado del camino, a despreciar aquello que no entienden, a hacer que la balanza se desequilibre. Muchas veces renegarán de ti o de mí, nos odiarán, o nos admirarán, y no sabrán que en el equilibrio está la virtud, no sabrán que en un camino de dualidad tienes que saber compaginar la luz y la sombra, y que pretender que sólo haya una de ellas en tu vida es en realidad un engaño, pues en todo camino ambas hay, pues en todo camino ambas se equilibran, en distintos puntos de equilibrio, sí; pero ambas son necesarias para que la naturaleza dual siga existiendo, para que la naturaleza dual siga en un equilibrio que da sentido y coherencia a todo lo que vivimos. Por eso, cuando yo me escondo apareces tú; por eso, cuando tú te retiras salgo yo; porque debe haber un equilibrio; porque nadie puede ser sólo luz o sólo sombra; porque algunos secretos contados en mitad de la noche valen más que muchas verdades reveladas a la luz del pleno día, y porque las verdades reveladas a la luz del pleno día también son necesarias para equilibrar algunos de esos secretos que sólo en la noche se pronuncian; porque al final el equilibrio debe continuar, porque al final el equilibrio debe prevalecer; porque en una realidad dual, en un camino dual, en un mundo dual en el que el sol y la luna juegan, debe haber un equilibrio, un ritmo, unos ciclos que se respeten; porque no se puede cosechar aquello que no se siembra; porque no debemos recibir aquello que no hemos pedido; porque no debemos caminar un camino que ni siquiera hemos trazado. Quizá alguien entienda que en su camino hay luz y sombra, y respete, quiera, y asimile las dos. Quizá alguien entienda que en ese camino de luz y sombra, debe amarlas en unidad e integridad, no sólo uno de sus aspectos: no sólo el sol, no sólo la luna, sino a ambos. Respetar y amar aquello que es, respetar y amar el camino que está forjando, respetar y amar su integridad, no sólo uno de sus aspectos.

Algunos habrá que así lo entiendan, dijo ella; y ellos cantarán al sol y hablaran a la luna, y conocerán los secretos que la luna susurra y las verdades que el sol expone ante todos, y ellos, sólo ellos, disfrutarán de la verdadera sabiduría, de la sabiduría del conocedor de la naturaleza dual, de la sabiduría de aquel que sabe que debe amarse y respetarse en unidad e integridad, de aquel que sabe que sólo el amor puede ser un punto de equilibrio correcto, de aquel que sabe que toda balanza está hecha para estar en equilibrio sin que ninguno de sus platos quede nunca vacío. Sólo, sólo aquel que entienda esta verdad será un verdadero sabio, y sólo él recorrerá en plenitud un camino que es dual; sólo él comprenderá que en su camino hubo luz y hubo oscuridad, que en su camino fue santo y verdugo; sólo él comprenderá que aquel que un día es santo fue en otro momento verdugo, para volver a cambiar de rol, de papel, para poder comprender la luz y comprender la oscuridad. Sólo él, sólo él comprenderá que aquel que un día nos salva, otro día nos condena, pues necesita vivir la luz y necesita vivir la oscuridad. Sólo un sabio, sólo un verdadero sabio entiende que en el camino de la reencarnación todos hemos sido santos y pecadores, verdugos y salvadores, todos hemos sido buenos y malos, luces y sombras, pues un camino tiene que recorrerse en plenitud, en unidad e integridad, no sólo, no sólo en uno de sus aspectos; después de todo en una misma vida ves la luz y ves la sombra, ves el sol y ves la luna, escuchas verdades cantadas delante de toda la luz, expresadas de forma pública, y secretos susurrados a la luz de la luna; y ambas cosas se compenetran y complementan, y a veces se contraponen y oponen. Y ambas cosas, en definitiva, te permiten vivir el equilibrio, el camino que se mueve entre la sombra y la luz, pues ambas partes le componen, ambas partes le dan forma, ambas partes le dan sentido, plenitud y coherencia

Cuento Canalizado «El Velero» 1/6/2018

El Velero

El Velero no era el velero más grande, pero sí el más rápido de todo el puerto. Su quilla se abría paso entre las aguas como si fuesen aire. Sus velas, blancas como la nieve que cubre las cumbres montañosas, se henchían con el viento de la mañana y permitían que el barco maniobrase y avanzase con una facilidad increíble, pasmosa, dejando asombrados a todos aquellos que contemplaban ese espectáculo. El timonel, el más avezado del puerto, era capaz de reconocer las más sutiles corrientes, los más peligrosos escollos, las nubes más amenazadoras, y conducía al bajel a los puertos más seguros, siempre conocedor de cómo evitar los peligros, de cómo refugiarse en las calas más cercanas, de cómo alejarse de las tormentas más oscuras. Era un barco ágil, rápido…

Un barco que pasado el tiempo empezó oxidarse, a envejecer y tuvo que recalar en puerto; allí la vejez y la podredumbre le alcanzaron, y poco a poco el recuerdo de sus hazañas y de sus seguros caminos se fue olvidando; la madera se pudría, las velas se deshacían en agujeros interminables, y el viento, que antaño le impulsaba, pasaba de largo sin acariciar siquiera su estructura de madera, sin besar siquiera esas níveas velas que antes había acariciado con tanto cariño y tanto esmero.

El barco, al cabo del tiempo, terminó convirtiéndose en una ruina que zozobró y se hundió en el puerto, siendo ahora nada más que un estorbo que impedía que otros barcos anclasen con seguridad; que impedía que los niños del pueblo que, llenos de coraje, de alegría, de pasión, se arrojaban al mar desde lo alto del malecón, pudiesen hacerlo con total seguridad.

Y aquel, aquel que fue un avezado barco, un atrevido marinero, un sabio capitán, se convirtió nada más que en unas ruinas que ahora afeaban el fondo del puerto, que impedían entrar y salir con seguridad y comodidad a los nuevos bajeles más rápidos, más seguros, con capitanes más avezados, con marinería más experimentada.

Y aquel que fue grande, fue olvidado.

Y aquel que cosechó victorias cayó en el olvido. Sus leyendas pronto se desvanecieron. Sus hazañas pronto fueron olvidadas y relegadas en la memoria de aquellos que, siendo más ancianos, terminaron también por fallecer. Las nuevas generaciones nada sabían de esas ruinas que ahora sumergidas afeaban el puerto. Los niños, que protestaban a sus padres porque el barco les impedía nadar con seguridad y tranquilidad, ya ni siquiera jugaban entre sus ruinas, pues sus temerosos padres les habían hablado de lo peligroso que era nadar cerca de los restos de aquel bajel que nadie conocía, de aquel barco que nadie sabía qué había hecho, qué mares había navegado y qué vientos le habían propulsado.

Y el que una vez fue grande, valeroso, atrevido, reconocido y vanagloriado por sus hazañas, hoy descansaba hundido en las aguas más sucias del puerto, perdida su memoria, olvidadas sus hazañas; pasadas conquistas que ya nadie recordaba, y que a nadie ya importaban. Sólo, sólo el más anciano del lugar recordaba el nombre de ese bajel: Orgullo, se llamaba.

El Orgullo que tantas victorias había cosechado, que tantos viajes había realizado, que tantas ganancias había obtenido, descansaba ahora en el fondo del puerto, podrido; siendo sólo una molestia y estorbo para los nuevos bajeles que entraban y salían, siendo sólo un peligro para los niños que nadaban cerca, siendo sólo una molestia para los ojos de los visitantes que se acercaban al puerto.

Ahí, ahí yace el Orgullo, dijo el más anciano del lugar. Aquel que en un tiempo fue grande, aquel que en un tiempo fue valiente, aquel que en un tiempo fue heroico y conquistó grandes gestas y hazañas. Ahí yace el Orgullo, repitió de nuevo el más anciano del lugar.

Nadie supo de qué hablaba. Nadie recordaba ya el nombre de ese extraño y ahora feo bajel que afeaba el puerto de la ciudad. Nadie sabía de sus hazañas, de sus historias, de las tormentas que había atravesado y de los puertos en los que había recalado. Nadie sabía qué era ese montón de ruinas que tanto molestaban y afeaban. Nadie sabía de sus pasadas glorias, de sus victorias, de sus viajes, de sus velas blancas henchidas por el viento, de su avezado timonel, de su experimentado capitán. Nadie sabía ya nada de él. Sólo el más anciano del lugar que pronto falleció, llevándose a la tumba el último recuerdo de aquel bajel.

Un bajel que poco a poco fue terminando de desvanecerse en las aguas sucias del puerto. Pronto sus escombros, los pocos que ya quedaban, fueron retirados, pues la marinería siempre protestaba, pues los niños se asustaban a ver ese pecio, pues los visitantes comentaban cómo ese pecio afeaba el puerto de la ciudad.

Así pues, aquel bajel que tan importante fue, pronto fue un escombro retirado con disgusto por la marinería.

Y el último, el último que recordaba de él, falleció, llevándose para siempre su recuerdo y su nombre, sus hazañas y sus victorias, y el nombre de los mares que había surcado.

Enseñanza «La Gratitud»

La gratitud.

La gratitud es una de las formas más elevadas del amor. Pero la gratitud bien entendida, no es sólo la expresión de agradecimiento hacia lo que consideramos desde el ego, bueno, bonito o amable de vivir o experimentar. La verdadera gratitud es la que sentimos y expresamos ante todo lo vivido, ante todo lo experimentado, incluyendo especialmente aquello que es, a ojos de nuestro ego, desagradable o doloroso.

En la gratitud ante lo que mi ego considera no deseable expreso la comprensión de mi verdadera naturaleza eterna, la sabiduría de que cada experiencia contiene una lección, de que cada sonrisa y cada lágrima tienen un por qué y un para qué, el entendimiento de que los juicios de mi ego son vanos, inútiles y de que nacen de un falso concepto de la verdadera realidad que vivimos.

Al agradecer lo que como ego me ofende y duele, expreso también mi confianza en que el universo, en su infinita sabiduría, deposita en mis manos aquello que necesito vivir en mi camino, no mis caprichos y necesidades egoicas, si no lo que verdaderamente necesito experimentar en el camino evolutivo de mi alma.

Pero, sobre todo, expreso la comprensión de que la gratitud es amor, y de que el amor, base y fundamento de todo lo que vivimos en cualquier plano, dimensión o vida, multiplica la Luz y disuelve la oscuridad, y que al agradecer demuestro que entiendo su naturaleza, la naturaleza del amor, y que deposito mi confianza en ella, no en la naturaleza intrascendente de mi ego, con sus limitaciones y creencias restrictivas.

Al agradecer el dolor, lo disuelvo, y manifiesto ante el universo, que comprendo que contiene una lección, que comprendo que es sabio dejar fluir al universo y que acepto las lecciones que el dolor trae a mi vida, dejándolo así partir en el momento en que el universo, como eco y reflejo de mi alma, decida en su infinita sabiduría.

Y añado así a todo lo anteriormente aprendido la lección de la humildad, la lección de que mi ego es mortal e intrascendente. Que es ciego, pues no ve la verdadera realidad del universo que vivimos. Que es sordo, pues no oye la verdadera sabiduría. Y que es mudo, pues sus palabras son solo ruido, vacío conocimiento egoico, no auténtica sabiduría.

Y la gratitud, como una de las formas más elevadas del amor, multiplicará en mi vida la luz, disolverá la sombra y me enseñará humildad, pues no responderá ante los cómos y cuándos que mi ego exija saber, si no sólo ante las necesidades de mi alma.

La gratitud se convierte así, en la más poderosa de las herramientas, el más sabio de los instrumentos, permitiéndonos desprendernos de esta máscara mortal, limitada, intrascendente que hoy portamos para comunicarnos con nuestro verdadero rostro: El rostro de la eternidad, el rostro de la unidad, un rostro que no distingue siguiendo criterios limitados, fragmentados, egoicos en definitiva, entre las experiencias y vivencias buenas y malas, deseables o indeseables, tal y cómo lo hace el ego.

Qué gran bendición es desarrollar la confianza en el universo, en su sabiduría y sus ritmos, y aprender a fluir abriendo nuestros brazos a aquello que el universo trae, y dejando partir aquello que debe partir, sin las restricciones y juicios que nuestro ego impone, si no confiando en que el universo, espejo de nuestro alma, supera en bondad, sabiduría y luz a nuestro fragmentado y limitado ego.

Aprender a agradecer es disponer del mayor decreto: aprender a vivir en el no juicio, sin el constante enjuiciamiento, crítica y división en la que el ego se fortalece, si no debilitando nuestras creencias egoicas, y permitiendo que nuestra trascendencia se asome cada vez con mayor claridad debajo de esta máscara que, durante breves décadas, portamos.

¿Qué mejor manera de hablar a nuestra divinidad, a nuestro verdadero ser, que expresar nuestra gratitud y confianza de forma consciente y permanente mediante una simple palabra, que es el mayor de los secretos, el más poderoso de los instrumentos y que a nadie se le niega? Una herramienta de evolución que a todos se otorga en unidad, pues en unidad somos y evolucionamos.

Gracias por cada lágrima vertida, gracias por cada sonrisa esbozada, pues todas y cada una de ellas contienen una lección. Gracias, pues ninguna es aleatoria, fortuita o casual. Gracias, pues ninguna de nuestras experiencias es inútil, superflua o carente de significado. Gracias pues todo lo que llega a mi vida es necesario, útil e imprescindible.

Gracias. Simplemente gracias. La más poderosa de las palabras, que a todos se otorga y a nadie se niega.

¿Y qué me devolverá el universo? ¿Qué me devolverá ante el amor y la gratitud? ¿Ante la comprensión de mi verdadera naturaleza, no anclada a las limitaciones de mi individualidad, de mi identidad, de mi ego? ¿Qué me devolverá si no amor y luz, si no el cierre de los ciclos unidos a las lecciones que ahora vivo para traer a mis brazos las experiencias unidas a nuevas lecciones, nuevas energías que bajo la forma de nuevas experiencias, vivencias y personas llegarán a mi vida?

La gratitud disuelve bloqueos. La gratitud expresada ante lo que nos es desagradable de vivir nos desarraiga de ese dolor, y permite que las lecciones sean asimiladas e integradas de forma más simple, sin que el orgullo y la ceguera de mi ego, sin que su necesidad de control, bloquee la lección.

La gratitud como humildad, que hace que me fusione con el natural ritmo, con la perfecta sincronía del universo, sin que la máscara que hoy porto y que pronto me arrancaré obstaculice el aprendizaje, sin que mi individualidad frene ritmos que no comprende, sin que mis miedos sean timonel de mi vida y mis vanos deseos y caprichos se conviertan en mi única guía.

La gratitud, que nos abre puertas al universo. La gratitud, que nos une a su ritmo y sincronía, que rige el movimiento no sólo del mayor de los astros, si no también del más pequeño grano de arena. Y en este ritmo la gratitud nos ancla, nos conecta y fusiona, permitiéndonos vivir y experimentar con mayor plenitud, sabiduría y amor las lecciones oportunas en nuestra vida.

  • Gracias, y el amor se multiplica.
  • Gracias, y la oscuridad se disuelve. 
  • Gracias, y mi camino se une al universo en perfecta sincronía. 
  • Gracias, pues hoy comprendo que mi verdadero rostro es el rostro de la eternidad.
  • Gracias, y recibo en mi presente las bendiciones de mi futuro.
  • Gracias, y permito fluir mi pasado.
  • Gracias, y me anclo en el no juicio.
  • Gracias, pues confío en el universo, reflejo de mi alma.
  • Gracias, pues mi camino no lo forjan mis falsos miedos, mis falsas expectativas, ni mis falsos razonamientos, si no mi verdadera naturaleza eterna, mi verdadero ser que en esta palabra se expresa y asoma.
  • Gracias, pues no hay mayor sabiduría para el ego que renunciar a la verdadera sabiduría.
  • Gracias, pues comprendo que mi orgullo es una traba, que mi humildad me hermana y hace uno con aquellos que considero ajenos a mí mismo.
  • Gracias, y el universo sonríe y me bendice.
  • Gracias, y la luz brota en mí y se hace fuerte, desarraigando el constante juicio y la constante crítica.

Gracias por todo lo vivido. Gracias.

Cuento: «El anciano contempló el mar»

El anciano contempló el mar.

Contempló cómo las olas besaban y acariciaban las rocas deslizándose entre la arena. Contempló cómo las mareas subían y bajaban y cómo el sol calentaba las rocas que antes el mar había enfriado.

Ciclos, pensó el anciano, toda mi vida son ciclos.

Desde mi propio nacimiento me he vinculado a la naturaleza de mi madre Gaia, y su naturaleza es cíclica, y a esa naturaleza me he vinculado yo: Al nacimiento, al crecimiento, a la vejez, y la muerte; a la siembra y a la cosecha. A esa naturaleza cíclica me he vinculado.

Recuerdo mi juventud, cuando dominado por mi impaciencia recogía las mieses antes de la época de la cosecha y el grano se pudría en mis manos presa de mi impaciencia. Recuerdo mis esfuerzos por acelerar los ciclos. Recuerdo cómo la impaciencia me dominaba, me cegaba, e intentaba forzar aquello que no puede ser forzado.

Recuerdo cómo en mi madurez empecé a comprender cómo hay que ceñirse a esos ciclos, cómo hay que aceptarlos, asumirlos, respetarlos. Cómo todos nuestros esfuerzos son vanos. Cómo hay que respetar los ciclos que nuestra madre impone. Cómo nuestros esfuerzos por romperlos, por quebrarlos, por acelerarlos, o por retrasarlos, una y otra vez se quiebran, una y otra vez son estériles ante la propia naturaleza de nuestra madre, ante nuestra propia naturaleza. Recuerdo cómo en la madurez llegué a comprenderlo y a respetarlo, y cómo el fluir de los ciclos se fusionó conmigo. Cómo empecé a atisbar dentro de los ciclos, dentro de mi propia naturaleza cíclica, cómo iba y venía la transformación, cómo iba y venía la apertura y cierre de los ciclos, cómo iba y venía mi propia historia personal vinculada a los ciclos de la naturaleza, de mi propia amada madre Gaia.

Hoy en mi vejez, soy más sabio. Hoy en mi vejez, mi experiencia sustituye a la energía que tenía en mi juventud. El respeto a los ciclos, mi vinculación a ellos, hace que pueda ahora, en cierta forma aprovechar el viento que me impulsa, en cierta forma saber cuándo tengo que parar, cuando tengo que pausarme y cuando tengo que acelerarme, y utilizar esos ciclos en mi propia ventaja, en mi propio beneficio, para que sean ellos los que realicen la parte que podríamos llamar más laboriosa, que sean ellos los que me impulsen, que sean ellos los que determinen el ritmo más adecuado, ciñéndome yo a su voluntad, adaptándome a la energía que me rodea, al tiempo que me marca mi propia naturaleza, a los ciclos que marca mi propia naturaleza, vinculada siempre a la naturaleza de Gaia, mi amada madre.

Hoy, con mucha menos energía, pero con mucha mayor sabiduría, consigo logros que antes me parecieron imposibles. Porque no es mi energía la que me impulsa sino la energía del propio universo la que juega a mi favor. Porque es el viento del universo el que impulsa mi barco, no la fuerza de mis brazos. Porque es el viento del universo el que determina la velocidad adecuada, no la fuerza de mis brazos. Porque es viento del universo en el que determina cuándo debo parar y cuando debo apresurarme, no la fuerza de mis brazos. Porque en definitiva, la fuerza de mis brazos es limitada. Por muy fuerte que sea, por muy inquebrantable que sea mi voluntad, nada es al lado del universo, nada es al lado de su propia naturaleza, que también es la mía.

Que la naturaleza de mi individualidad, de mi personalidad, de mi ego, presa siempre de caprichos o temores, de expectativas y de anhelos, no se imponga en ningún momento a la sabiduría del universo.

Que mis caprichos, que mis temores, que mis anhelos, no se impongan a la verdadera sabiduría que en mí arraiga, y se expresa en el universo en forma de eco. El universo como eco de mi propia voz. El universo como eco de mi propia sabiduría, no la sabiduría de mi individualidad, de mi personalidad, de mi ego, sino la sabiduría de lo que realmente soy, de la unidad que soy con el propio universo, de la unidad que soy con la amada madre Gaia, de la unidad.

Que sea esa unidad la que determine mi rumbo. Que sea esa unidad la que determine mi ritmo. Que sea esa unidad la que determine cómo los ciclos se abren y se cierran.

Que los caprichos de mi personalidad, de mi individualidad, de mi ego no me cieguen. Que los temores de mi personalidad, de mi individualidad, de mi ego, no me guíen. Que las expectativas de mi personalidad, de mi individualidad, de mi ego, no constituyan cadenas de esclavitud. Que sea la sabiduría del universo, eco de mi propia sabiduría, la que guíe mi rumbo, la que determine el ritmo al que debo recorrer mi camino, la que sea mi verdadera brújula y guía. Que sea la sabiduría del universo, reflejo de mi propia sabiduría, guía, brújula y timón de mi camino; y que yo como individualidad, como personalidad, como ego, tenga la suficiente sabiduría, humildad y valentía cómo para permitir que el universo sea mi guía, no mis miedos, mis caprichos y mis expectativas.